El aniversario del diario fundado por Moisés Lebensohn invita a reflexionar sobre el valor del periodismo profesional, la memoria de las comunidades y los desafíos que enfrenta la libertad de expresión en la era digital.

Por Daniel Dessein

El 17 de octubre de 1931, con 24 años, Moisés Lebensohn fundó en Junín un diario al que decidió llamar Democracia. La elección del nombre tenía una carga política evidente. Poco más de un año antes, el golpe de Estado de José Félix Uriburu había derrocado a Hipólito Yrigoyen. Comenzaba una década marcada por el fraude electoral y la degradación institucional. En aquel contexto, fundar un diario llamado Democracia era una declaración de principios. En tiempos como los actuales, en los que la democracia sufre alrededor del mundo un inquietante proceso de erosión, su vigencia implica una contribución a la oxigenación del debate público, con un valor simbólico que merece destacarse.

Toda democracia necesita una conversación pública basada en hechos que puedan ser compartidos y discutidos. Como también ciudadanos informados y periodistas capaces de investigar al poder, contrastar versiones, verificar datos y rectificar errores.

La revolución digital multiplicó las posibilidades de expresión, pero también las de manipulación. Las redes sociales democratizaron la palabra y, al mismo tiempo, favorecieron la fragmentación de las audiencias y la circulación de falsedades. La inteligencia artificial agrega la capacidad de producir contenidos engañosos con una escala y una apariencia de autenticidad inéditas. Cuando cualquiera puede publicar cualquier cosa, el valor de la información verificada aumenta.

El valor de la cercanía

Ese desafío es particularmente importante para los diarios regionales. Los grandes medios nacionales cuentan lo que ocurre en el país y el mundo; los periódicos locales cuentan, además, aquello que difícilmente interesaría fuera de su comunidad, pero que resulta decisivo para quienes viven en ella. Siguen a las autoridades municipales, registran los problemas de las escuelas y los hospitales, acompañan a las instituciones y preservan las historias de sus vecinos.

Un diario regional es también un archivo de la memoria colectiva. Sus páginas permiten reconstruir cómo cambió una ciudad, qué conflictos la atravesaron y quiénes contribuyeron a transformarla. Cuando un periódico desaparece, una comunidad pierde mucho más que una empresa: pierde una parte de su capacidad para conocerse y controlar a quienes la gobiernan.

Democracia ha sabido cambiar para permanecer. Tras la muerte de Lebensohn, su viuda Dora Dana sostuvo la publicación. Más tarde, bajo la conducción de Héctor Moisés Lebensohn, luego secundado por sus hijos, el proyecto incorporó nuevos soportes y lenguajes, desde las transformaciones de la impresión hasta la radio, la televisión y las plataformas digitales.

El diario de los Lebensohn se adaptó a las nuevas exigencias de las audiencias y, asumiendo los grandes retos que enfrenta la industria periodística, supo cómo crecer. Hoy su edición impresa llega a 40 localidades y su sitio se consolidó como el líder de su región.

En 1931, las amenazas a la democracia tenían la forma visible de los golpes y del fraude electoral. En 2026, a esas amenazas históricas se suman otras alrededor del planeta: la desinformación organizada, la erosión de la confianza pública, el desconocimiento de los derechos de autor y el poder oligopólico de plataformas que condicionan buena parte de la conversación colectiva.

Celebrar los 95 años de Democracia no es entregarse a la nostalgia. Es reconocer la persistencia de una institución que ayuda a Junín, y a muchas otras localidades, a informarse, debatir y conservar su memoria. Lebensohn eligió una palabra que no designa una conquista definitiva, sino una tarea cotidiana. Hoy, 95 años después, su diario sigue participando de esa tarea. Y esa es la mejor razón para celebrar su aniversario.

Fuente: Diario Democracia