Por Lluís Cucarella

El autor del artículo analiza las conclusiones del informe Next Gen News 2 desde una perspectiva estratégica y editorial, y plantea cómo la saturación informativa, los nuevos modos de relación con las noticias y el desplazamiento de la confianza están obligando al periodismo a repensar su función, su distribución y su relación con las audiencias.

Hay una frase que se nos ha quedado vieja, pero seguimos repitiéndola como si fuera una coartada: “la gente ya no quiere informarse”. El nuevo informe Next Gen News 2, presentado recientemente por Financial Times Strategies, no sólo la desmiente; la deja en ridículo. Más de la mitad de los consumidores “next gen” dice que se informa al menos a diario y una parte importante lo hace varias veces al día. El problema no es la indiferencia: es el exceso, la fricción y el agotamiento.

Y aquí viene lo incómodo para el oficio: la noticia dejó de ser un producto finito, “terminable”, para convertirse en un flujo infinito e “inacabable”. Antes uno podía “ponerse al día”; hoy se siente culpable por no estarlo, porque el feed nunca se acaba. El informe lo formula de manera brutalmente simple: antes la noticia estaba definida por organizaciones y formatos reconocibles; ahora la define el consumidor, y además se cuela en las mismas formas que el entretenimiento, la búsqueda o la conversación. Es decir: ya no hay una puerta clara para entrar —ni para salir— del “modo noticia”.

Ese cambio tiene una consecuencia estratégica que demasiadas redacciones aún se niegan a aceptar: si el entorno es infinito, tu valor no puede ser “más contenido”. Tu valor es reducir carga mental. No “publicar”, sino ayudar a decidir qué merece atención, cuándo y con qué profundidad. Y esto no se resuelve con titulares más agresivos. De hecho, el informe detecta que muchos jóvenes se incomodan con esa escalada de “atención a cualquier precio”. No es que no quieran estímulos: es que huelen el truco.

El público no es pasivo: cura, poda y doma algoritmos

Hay otra imagen que conviene enterrar: la del joven “scroll zombie”, víctima dócil del algoritmo. El estudio insiste en lo contrario: el “sifting” (tamizado/cribado) no es una conducta pasiva. En los datos de 2025, los consumidores moldean activamente su ecosistema informativo —añaden, podan, silencian, borran apps, apagan notificaciones— para reducir la carga diaria de tener que filtrar. Es una alfabetización conductual: saben que el algoritmo responde a su velocidad de scroll, a sus likes, a su profundidad de interacción. Y actúan en consecuencia.

Esto cambia el tablero: competir por “minutos” como si fueran una unidad estable ya no describe la realidad. La unidad real es el coste cognitivo. La audiencia no te da tiempo “porque sí”; te lo concede si le ahorras trabajo mental, si le das control, si le orientas sin invadirla. El informe lo clava con una tensión que debería estar impresa en la pared de cualquier comité editorial: el 54% está de acuerdo en que “seguir la actualidad no debería llevar mucho tiempo”; pero, a la vez, cuando un tema les interesa, más del 65% prefiere profundidad antes que resumen. No quieren superficialidad: quieren elección y escalabilidad. Capas. Entradas rápidas y salidas profundas.

A los directores y periodistas que me preguntan les digo que dejen de obsesionarse con “retención” vacía y les insto a empezar a diseñar rutas: una capa que te deja “al día” en pocos minutos (sin sobreactuar drama), y otra que te permite estudiar y entender cuando decides invertir energía. Lo contrario —servir el mismo ladrillo para todos— es exactamente lo que alimenta la saturación.

Clave 1: el nuevo mapa — Siete modos, no una “audiencia”

Lo más útil del informe no es una lista de “plataformas favoritas”; es su marco de “modos de engagement”, porque describe intenciones, no canales. Separa con claridad el descubrimiento (Scroll, Seek, Subscribe) de los modos de consumo (Substantiate, Study, Sensemake) y añade Socialize como algo bidireccional. Lo decisivo aquí es la premisa: el modo en que te llega la información cambia cómo la valoras. Y, sobre todo, la confianza manda en el descubrimiento; y las relaciones mandan en la confianza.

Esta es una de las ideas que más incomodan a la cultura periodística tradicional: llevamos décadas pensando la confianza como una propiedad institucional (“somos un medio serio”). La generación que viene la trata como un filtro práctico que se activa en momentos concretos. En la sección de Socialize aparece una frase reveladora: para muchos, no hay fuente más valorada y confiable que amigos y familia, y esos vínculos ayudan a atravesar el exceso informativo. La noticia recomendada por alguien cercano no es sólo “un link”: viene con contexto social, relevancia percibida y una promesa implícita de “esto importa”.

Traducción dura: en 2030, tu principal distribuidor no será tu home, ni tu app, ni Google. Será un chat.

La confianza ya no es una medalla: es una arquitectura

El informe propone algo que, bien entendido, es dinamita para los viejos reflejos del oficio: la confianza se evalúa por tres subfactores —credibilidad, afinidad y transparencia de intención— y ninguno funciona solo. La credibilidad puede venir de reputación, experiencia o incluso de admitir errores; la afinidad se construye con personalidad auténtica y conexión comunitaria; y la transparencia no es “decir que somos neutrales”, sino mostrar motivos, financiación, fuentes, y adoptar un ritmo comunicativo más lento y reflexivo.

Aquí está el punto que más me interesa como consultor —y el que más debería preocuparnos como periodistas—: el sistema está creando una “doble confianza”. Por un lado, los jóvenes pueden dedicar mucha atención a creadores o fuentes alternativas; por otro, siguen otorgando las puntuaciones más altas de confianza a medios tradicionales cuando se trata de factualidad. Es decir: atención y confianza ya no coinciden. Y eso rompe el modelo mental de “si me miran, me creen”.

Además, el informe señala un talón de Aquiles de los medios tradicionales: aunque se les presupone factualidad, muchos jóvenes los ven poco transparentes y sospechan de sesgos no reconocidos. ¿Qué hacen entonces? Cross-check. Comparan la misma noticia en varias cabeceras, usan agregadores o buscadores y buscan perspectivas fuera del circuito tradicional. No es escepticismo adolescente; es una táctica defensiva aprendida. Idea, por cierto, que ya emergió en estudios anteriores, como el presentado en Panamá.

En paralelo, los “emerging producers” ganan por afinidad: ponen personalidad al frente, construyen relaciones parasociales y, a partir de esa confianza humana, la audiencia está dispuesta a escucharles y a dejarse guiar en el sentido (sensemaking). Su credibilidad no viene de la institución, sino de experiencia y expertise percibida. Pero el propio informe introduce un matiz clave: cuando toca verificar de verdad, muchos vuelven a los medios tradicionales. Esto es una oportunidad enorme… si sabemos leerla.

Mi lectura: el futuro no es “creadores vs. medios”. Es un sistema de capas donde el creador abre puertas y reduce fricción, y el medio aporta método, archivo, comprobación, rendición de cuentas. Si no construimos puentes entre ambas capas, otros lo harán (y no necesariamente con incentivos saludables).

Clave 2: invertir el proceso — distribución primero, periodismo después

La frase más provocadora del informe es también la más operativa: una parte de los productores más innovadores está invirtiendo el flujo clásico de trabajo. Donde antes era Idea → Investigación → Escritura → Edición → Publicación → Distribución, ahora vemos: Distribución → Idea → Testing → Edición → Publicación → Engagement comunitario. La historia deja de ser el “inicio” y pasa a ser un input dentro de un sistema diseñado para viajar.

Esto es discutible y suena blasfemo en una redacción clásica porque parece decir “la plataforma manda”. Pero el informe es más fino: no se trata de obedecer a la plataforma; se trata de entender dónde te encuentran y diseñar desde ahí la experiencia de audiencia. “Publicar y esperar ser encontrado” ya no funciona: la atención es el recurso más escaso, y el periodismo debe diseñarse hacia atrás, desde el encuentro.

La consecuencia organizativa es radical: en lugar de silos temáticos eternos (política, sucesos, deportes), aparecen equipos pequeños, transversales, responsables de un canal o franquicia end-to-end (TikTok, newsletter, podcast, etc.). Y aparece una exigencia cultural: dejar de “calzar” contenido existente en redes “por eficiencia” y empezar a crear nativo para cada lenguaje, tono y gramática visual.

Aquí hay un debate que conviene aclarar: diseñar para plataforma no es sinónimo de banalizar. El mismo informe describe cómo algunos productores se alejan de la pirámide invertida y adoptan estructuras que guían el aprendizaje (problema-tensión-revelación; pregunta-hipótesis-test; malentendido-corrección-conclusión). “Packaging dictates the journalism”, dice el texto: el formato no es una caja; es una forma de pensamiento. Si tu formato no ayuda a entender, estás publicando ruido.

Clave 3: el pecado original de los medios: recortar distribución sin reinvertir

La parte más incómoda del diagnóstico es económica y, por eso mismo, estructural. Durante décadas, los medios dominaban distribución con plantas de impresión, contratos, camiones, parrillas… y eso garantizaba audiencia, atención e ingresos. El siglo XXI cambia el conducto: feeds sociales, stores, buscadores y ahora asistentes de IA. ¿Qué hicieron muchas empresas? Recortar costes del viejo reparto sin reinvertir esos ahorros en nuevos productos, formatos o habilidades. Resultado: precariedad estratégica.

El informe no se queda en el lamento; propone una tesis con evidencia: los arquetipos de publishers más sostenibles asignan una porción materialmente mayor de costes a Producto y Tecnología. Y lo cuantifica: en tres tipos (Scale Local, Regional Groups, National Challengers), los más sostenibles invierten en Product & Tech 34%, 26% y 25% respectivamente, frente a 27%, 18% y 17% en los menos sostenibles. Esto no es “moda digital”; es estructura de supervivencia.

Luego viene la frase que debería reescribir las descripciones de puesto: la distribución debe ser parte central del trabajo de cada periodista; incluso se sugiere dedicar 30–40% del tiempo a “dar vida” a las historias para audiencias (colaborar con vídeo, grabar audio de piezas, etc.). Sí: menos piezas quizá. Pero mejor aterrizadas. Y, si se ejecuta bien, sin penalizar engagement.

Y aquí, de nuevo, el matiz importa: el informe no recomienda invertir “en TikTok” o “en YouTube” como fetiche. Recomienda invertir en capacidades de distribución (vídeo, audio, expertise de plataforma, newsletters/notificaciones, partnerships, packaging) y, a la vez, priorizar destinos propios (site, app, newsletter) con un objetivo claro: convertir audiencias alquiladas en relación directa. Porque el algoritmo cambia; la relación, si la construyes, permanece.

En lenguaje de gestión: tu app y tu newsletter son la nueva imprenta.

IA: nuevo conducto, mismo problema — y un riesgo adicional

La sección de IA es especialmente relevante porque no cae en el hype. Detecta adopciones muy dispares por país: en Nigeria, más del 33% dice que a menudo recibe noticias desde programas de IA; entre menores de 25, casi 40%. En Estados Unidos y Reino Unido, menos del 5% reporta hacerlo “a menudo”. Y el patrón cultural es claro: Nigeria más abierta; EE.UU. y Reino Unido más escépticos.

Pero lo decisivo no es el porcentaje: es el rol. Cuando usan IA, la tratan como apoyo para entender, no como autoridad confiable. La gente dice explícitamente que verifica lo que la IA responde porque puede equivocarse. Y, a la vez, incluso con la IA entrando en flujos de trabajo y consumo, las audiencias siguen prefiriendo noticias creadas por humanos. Esa preferencia es consistente en países y edades, con más resistencia en EE.UU. y Reino Unido.

Mi lectura aquí es menos tecnológica y más política: la IA no es sólo una herramienta; es un nuevo “distribuidor” que reordena visibilidad. Igual que el buscador y la red social lo hicieron, pero con una diferencia: el interfaz conversacional tiende a borrar el origen si no lo fuerzas. En ese mundo, la transparencia deja de ser una virtud ética y pasa a ser una ventaja competitiva: o eres citable, verificable y atribuible… o eres invisibilizable.

Esto exige dos movimientos simultáneos. Uno editorial: “mostrar el trabajo” (fuentes, procesos, correcciones) como parte integral del producto, no como apéndice. El otro técnico: estructurar contenido para que pueda viajar con contexto (metadatos, enlaces claros, formatos pensados para ser citados y compartidos sin perder sentido). El informe ya apunta a esta lógica cuando insiste en diseñar la experiencia de audiencia y en invertir en producto/tecnología como palanca de sostenibilidad.

Una advertencia: la “autenticidad” también se fabrica

Hay un riesgo que el ecosistema tiende a subestimar: si la confianza se desplaza hacia relaciones parasociales, también se vuelve manipulable. La “personalidad” puede ser transparencia… o puede ser marketing emocional. El informe describe cómo los productores emergentes ganan confianza con afinidad y personalidad, y cómo esa confianza impulsa el sensemaking. Bien. Pero el periodismo no puede conformarse con ser simpático; tiene que ser responsable.

La salida no es volver a una voz robótica (que, por cierto, algunos jóvenes ya califican de “arcaica” y piden más compasión). La salida es construir un híbrido: rostro humano + método visible. Personalización sin opacidad. Cercanía sin propaganda. Y, sobre todo, transparencia de intención: financiación, objetivos, límites, y una cultura de corrección explícita. El propio informe define esa transparencia como uno de los tres pilares del trust-building. Remito aquí a un informe sobre confianza distribuido por este mismo Laboratorio de Periodismo. 

El detalle más práctico: la «compartibilidad» es una función de producto

Hay una sección aparentemente menor que, en realidad, es un misil: “shareability is not luck… it’s a product feature”. Pone un ejemplo fuera del periodismo: Spotify detecta screenshots y genera automáticamente una tarjeta para compartir; añade QR para compartir offline. Es una lección humillante para los medios: seguimos tratando el compartir como un botón, no como una experiencia diseñada. Y en un mundo donde el chat es autopista, esto importa más que mil editoriales sobre “alcance orgánico”.

Mi recomendación directa: si un medio quiere “llegar a jóvenes”, que deje de preguntar “¿qué hacemos en TikTok?” y empiece preguntando “¿qué hace que alguien quiera enviar esto a alguien a quien quiere?”. Es una pregunta editorial y de producto al mismo tiempo. Y obliga a construir historias con valor social: claridad, utilidad, conversación, identidad.

Cierre: 2030 no es una fecha. Es una cultura

Este informe se titula “anticipar las audiencias de 2030”. Yo lo leería de otro modo: 2030 no es una cohorte, es una cultura de consumo que ya está aquí y se va a generalizar. Los modos (scroll/seek/subscribe; substantiate/study/sensemake; socialize) no describen sólo a “jóvenes”: describen contextos humanos. Y los contextos se contagian.

La pregunta real, entonces, no es si el periodismo sobrevivirá. Es si aceptará que su competencia central ya no es “publicar”, sino diseñar encuentros confiables con información en un ecosistema infinito. Y si está dispuesto a reinvertir en lo que antes daba por hecho: distribución, producto, relación directa. Porque el viejo monopolio del reparto murió. Y el nuevo se llama hábito.

Fuente: Laboratorio de Periodismo