OpenAI desarticuló dos sofisticadas operaciones de influencia encubierta, una originada en Rusia y otra en Irán, que utilizaban sus modelos de inteligencia artificial junto con técnicas tradicionales para sostener identidades y organizaciones de «fachada». Según informó la compañía tecnológica, el objetivo de estos actores era difundir mensajes geopolíticos vinculados a conflictos globales ocultando su verdadero origen e infiltrándose directamente en medios de comunicación reales.
A lo largo de los últimos dos años y medio, la firma ha reportado reiterados intentos de actores maliciosos por explotar la IA en ciberataques, operaciones de influencia (IO) y desinformación. Sin embargo, este caso destacó por el método de distribución: en lugar de limitarse a difundir contenidos mediante cuentas falsas o bots en redes sociales, ambas redes lograron publicar artículos y narrativas en medios informativos establecidos, lo que amplifica notablemente su alcance e impacto potencial.
La operación rusa: «Dark Clark» y su despliegue en América Latina
La red vinculada a Rusia, denominada por OpenAI como «Dark Clark», estuvo dirigida principalmente hacia América Latina. Su propósito central era erosionar el apoyo a Ucrania en la región e influir en los escenarios políticos internos de varios países, entre ellos Argentina, Bolivia, Ecuador y Perú.
Para ejecutar la campaña, los operadores crearon y financiaron una entidad de fachada: un supuesto centro de estudios denominado Centro de Investigación Social (SRC, por sus siglas en inglés), administrado bajo la identidad ficticia de «Mia Clark». A través de este sello, la red contrató a personas y analistas locales en América Latina que desconocían por completo el engaño, logrando que produjeran investigaciones y contenidos originales. De acuerdo con OpenAI, se trata de la estructura encubierta más compleja que la empresa ha desmantelado hasta la fecha.
Los operadores —que accedían a los sistemas mediante conexiones VPN para eludir los bloqueos geográficos— empleaban ChatGPT para tres funciones clave:
- Redacción de informes internos: Era el uso principal de los modelos; los operadores sistematizaban sus actividades, avances y métricas para remitirlos a mandos superiores.
- Creación de contenido desinformativo: Elaboraban noticias falsas, guiones de audio y documentos supuestamente «filtrados». Entre las acciones registradas figuran campañas contra líderes de la región, acusaciones falsas y operaciones dirigidas a tensionar vínculos diplomáticos.
- Supervisión operativa: Gestionaban la administración, contratación y pautas de trabajo del centro de estudios ficticio.
Investigaciones de fuentes abiertas vincularon elementos de esta red con entidades rusas previamente señaladas como sucesoras de las estructuras del Grupo Wagner y organizaciones asociadas a Yevgeniy Prigozhin. OpenAI clasificó esta campaña en el nivel 5 de su escala de alcance de operaciones de influencia (donde 6 es el rango máximo), convirtiéndose en la primera de esa magnitud que la empresa logra neutralizar.
La operación iraní: «Bogus Bylines» y periodistas ficticios
En paralelo, OpenAI bloqueó la campaña iraní bautizada como «Bogus Bylines» (firmas falsas), clasificada con un nivel 4 de alcance. Esta red operaba mediante la creación de siete identidades ficticias de supuestos periodistas independientes.
A través de estos perfiles, los operadores ofrecían artículos de opinión y análisis extensos a portales de noticias digitales pequeños y medianos de distintas regiones del mundo, logrando que varios fueran publicados. Las temáticas se centraban predominantemente en narrativas geopolíticas y tensiones entre Estados Unidos e Irán. Además de la colocación de artículos, utilizaban herramientas de IA para redactar lotes masivos de comentarios para redes sociales e informes internos de seguimiento.
El rol de la IA y la vulnerabilidad del ecosistema mediático
OpenAI advirtió que la inteligencia artificial no inventó este tipo de operaciones de engaño —cuyos antecedentes se remontan a tácticas clásicas de espionaje y desinformación—, pero sí les otorga una escala, velocidad, fluidez idiomática y capacidad editorial sin precedentes. Estas herramientas facilitan que los operadores engañen con mayor facilidad a editores, redactores y audiencias que desconocen quién financia o promueve los contenidos.
Asimismo, la compañía subrayó que la publicación detallada de estas investigaciones busca alertar tanto a las empresas tecnológicas como a los medios periodísticos y a los organismos reguladores, facilitando la identificación temprana de estas fachadas y fortaleciendo las defensas editoriales frente a campañas encubiertas.



