Por Daniel Dessein

Con Adepa recorrí el país. En discursos en distintas ciudades traje a la memoria a parientes míos que habían vivido o que tuvieran un lazo con el lugar en el que nos reuníamos. En Bahía Blanca recordé a mi abuelo paterno, quien había trabajado en el puerto. En Mar del Plata a Alfredo Dessein, quien en 1891 se convirtió en el segundo intendente de la incipiente localidad. En la casa natal de Sarmiento, rememoré la biografía novelada que le dedicó mi tío José Ignacio García Hamilton. En el balance de su gestión como presidente, Sarmiento destacó dos métricas. Cantidad de escuelas y toneladas de papel. Recibimos una copia del primer ejemplar de El Zonda, el diario que fundó y dirigió. Al igual que su antecesor –Bartolomé Mitre– y que su sucesor –Nicolás Avellaneda-, condujo un diario y debatió el país a través de las páginas de esa y otras publicaciones. La Argentina fue pensada en los libros y los diarios.

El año pasado celebramos la asamblea de Adepa en Puerto Madryn y no identifiqué pariente alguno que hubiera pasado alguna vez por allí. Me sorprendí al encontrarme con Ricardo Terán, representante del diario rosarino La Capital, quien se presentó y me comunicó que éramos primos lejanos.

En Tucumán, naturalmente, tengo muchos parientes. Uno de ellos, por parte de mi madre, fue Ernesto Padilla, gobernador tucumano entre 1913 y 1917. Algunos lo recuerdan como “el presidente que no fue”.

Su sucesor, Juan Bautista Bascary, es un antecesor de Ricardo por una rama que no compartimos. Durante la celebración de las elecciones que lo llevaron a la gobernación, militantes de Bascary entraron por la fuerza en LA GACETA y se desató un tiroteo que tuvo como saldo un muerto y varios heridos. Mi bisabuelo, Alberto García Hamilton, terminó preso y luego sufrió el exilio.

Un siglo más tarde, descendientes de dos viejos rivales compartimos el consejo ejecutivo de Adepa, caracterizado históricamente por una diversidad que lo nutre y fortalece.

De la Olivetti a la IA

El martes pasado mi computadora se cayó al piso y sufrió un accidente fatal. Debía escribir un informe y tuve el reflejo anacrónico de poner una hoja de papel en la máquina de escribir Olivetti que perteneció a mi padre y que me acompaña en mi oficina.  El sonido del golpeteo de los tipos contra la cinta entintada y el papel fue mi “magdalena de Proust”. Me transportó a mis años adolescentes en los que, con esa máquina, yo jugaba a ser periodista mientras escuchaba a mi padre hablar de una asamblea de una organización que se llamaba Adepa y que estaba reunida en Tucumán. Era inimaginable para mí que 30 años después, durante el bicentenario de la Declaración de la Independencia, me elegirían presidente de esa institución. Y que una década más tarde eso se repetiría con una celebración en la Casa Histórica.

Hace 210 años, por caminos de postas, galeras destartaladas avanzaban hacia Tucumán levantando torbellinos de polvo. Viajaban durante jornadas interminables por una geografía en la que, al caer la noche, podían aparecer la mirada de un puma, las jaurías cimarronas y un cielo estrellado, “como si el mundo acabara de crearse”.

Esta imagen está tomada de un artículo de Abel Posse, incluido en el libro LA GACETA Literaria 1949-2026, que se llama “9 de julio en año malo”. Ese 9 de julio de 1816, en efecto, lo era. El territorio estaba dividido. La economía, exhausta. Los ejércitos realistas avanzaban en el continente. Europa regresaba al absolutismo. Los congresales se reunieron en la intemperie política y material. No tenían ninguna certeza de que su decisión pudiera sostenerse. Pero tuvieron lo que Posse llama “voluntad de ser”: la maravillosa insolencia de fundar una nación cuando casi todo invitaba a la resignación.

Hoy atravesamos otra intemperie. No es aquel desierto de pajonales, pumas, polvo y enormes distancias. El nuestro es menos visible y acaso más insidioso: una desertificación por saturación. De contenidos, de monólogos paralelos, de agravios, de falsificaciones cada vez más sofisticadas, de conversaciones fragmentadas con una semántica que se erosiona y palabras que ya no sabemos quién pronuncia. No nos amenaza el silencio de aquellas noches, sino un ruido incesante.

Por eso vale la pena regresar a la Casa. En medio de la incertidumbre, los congresales declararon que las Provincias Unidas eran “una nación libre e independiente”. Conviene detenerse en algo elemental: la independencia comenzó siendo un conjunto de palabras.

Antes de contar con fronteras seguras, una Constitución estable o un Estado organizado, la Argentina fue una conversación, una decisión y un texto: debatido, aprobado, firmado y comunicado.

El Congreso comprendió que no alcanzaba con declarar la independencia dentro de una sala. Había que hacerla pública. Sus sesiones fueron recogidas por El Redactor del Congreso. La nueva nación necesitaba que sus habitantes conocieran aquella decisión, la discutieran y, finalmente, la hicieran propia.

La independencia necesitaba cruzar el desierto y convertirse en una convicción compartida.

Una conversación

Pensemos en los vecinos de esa casa, en los días previos al 9 de julio de 1816. El Congreso llevaba más de tres meses reunido. Habían visto llegar y salir a diputados, militares y correos a esa ciudad de 5.000 habitantes. Sabían que los españoles dominaban el Alto Perú, que Güemes defendía la frontera norte y que una derrota podía llevar nuevamente la guerra hasta Tucumán. Circulaban rumores sobre la inminencia de la declaración pero no los detalles de las negociaciones reservadas. Sin prensa local, la información llegaba fragmentariamente mediante conversaciones, bandos, cartas, viajeros y personas relacionadas con el Congreso.

Pero esos vecinos de hace dos siglos comprendían mejor los factores que definían sus vidas que la mayoría de nosotros -e incluyo a los periodistas- hoy. El sistema financiero, el sistema legal y político, los avances de la tecnología son mucho más difíciles de entender.

Yuval Harari, uno de los intelectuales que nos ayuda a reflexionar sobre los desafíos del presente, formula una idea tan sencilla como profunda: la democracia es, en esencia, una conversación; la dictadura, en cambio, es un dictado.

En una democracia, millones deben conversar para decidir quién ejercerá el poder y con qué límites. Esa conversación necesita tecnologías e instituciones que permitan a una sociedad discutir consigo misma.

Las democracias antiguas pudieron funcionar en ciudades pequeñas, donde los ciudadanos se reunían en una plaza. La conversación democrática sólo pudo extenderse a millones de habitantes con las tecnologías modernas de comunicación: primero la imprenta y los diarios; después la radio y la televisión.

Los medios, entonces, no son un adorno de la democracia. Son parte de su estructura: permiten que personas que nunca se conocerán compartan hechos, argumentos y preguntas.

Intemperie distinta, voluntad semejante

En la era de la abundancia informativa, nuestra misión no es agregar más palabras al ruido. Es evitar que el ruido se convierta en desierto. Es producir sentido, jerarquía, contexto y confianza.

La inteligencia artificial abarata de manera extraordinaria la fabricación de información, pero no abarata la producción de verdad. En muchos casos ocurre lo contrario: cuanto más sencillo resulta crear una falsificación, más trabajo cuesta verificarla; cuanto más abundan las respuestas automáticas, más valiosa se vuelve la pregunta humana.

La inteligencia -entendida como capacidad para resolver problemas- será cada vez más abundante y barata. El recurso escaso será la sabiduría necesaria para elegir qué problemas resolver, qué objetivos perseguir y qué límites no cruzar.

En 1816, los congresales entendieron que la libertad debía declararse, pero también comunicarse. Que no podía quedar encerrada entre las paredes de una casa. Hoy, ante una intemperie distinta, necesitamos una voluntad semejante. No la voluntad nostálgica de regresar al mundo anterior a la inteligencia artificial, porque ese mundo ya no existe, sino la voluntad de decidir qué valores queremos llevar al que está naciendo.

Nos corresponde formular una declaración del criterio frente al automatismo; de los hechos frente a la simulación; de la conversación compartida frente a la fragmentación de discursos demagógicos generados a la medida de cada individuo.

El periodismo no podrá competir con la inteligencia artificial en velocidad, memoria o volumen. Su fuerza estará en otro lugar: en la presencia, la responsabilidad, la independencia y la confianza.

Hace 210 años, desde Tucumán se pronunciaron palabras capaces de fundar una nación. Nuestra responsabilidad, en esta nueva era, es cuidar el espacio en el que una sociedad todavía pueda pronunciar sus propias palabras, discutir su destino y decidir libremente qué y quién quiere ser.

Fuente: La Gaceta